¿Qué es (casi) lo único que un Gobierno puede hacer si quiere mejorar la natalidad?

Artículo original de: Libertad Digital

Por Domingo Soriano

¿Quiere usted que España mejore sus perspectivas demográficas? Que haya más niños, más jóvenes, más trabajadores para el futuro.

Ya sea porque esté preocupado por las pensiones o porque piense que un país sin niños es muy triste; porque sienta que no habrá nuevas empresas si no hay emprendedores de 25 años o porque crea que sería una pena que nadie continúe con nuestra herencia; tanto si le interesa la economía como si es más una cuestión cultural-social. Da igual cuál sea su motivo. Si cree usted que necesitamos más nacimientos, sólo hay una cosa que pueda hacer: convencer a su hijo/a, a sus sobrinos, a los hijos de sus amigos… de que no hay nada mejor que puedan hacer con 25-27 años que tener un hijo (el primero de unos cuantos).

De hecho, lo único que debería plantearse el Gobierno si de verdad quiere cambiar las cosas es ponerse en modo abuela. La mía, al menos, fue insistente durante años. A partir de mis 23-24 años, no había visita en la que no me preguntase si tenía novia y no me repitiese que: (i) me buscara una; (ii) nos casáramos cuanto antes; y (iii) tuviéramos niños, muchos. En su caso, el principal argumento era que nos cuidarían cuando fuéramos viejos, pero también hablaba de familia, de alegría en la casa, de sentar la cabeza, de no ir dando tumbos… Pues eso, una abuela.

No veo yo a Pedro Sánchez saliendo por la tele a explicar a los jóvenes españoles cómo tener hijos y todo lo bueno que eso tiene. Pero en realidad es (casi) lo único que puede hacer. Esta semana, entre Rubiales y Puigdemont, se ha colado la discusión demográfica en la conversación pública (aquí, por ejemplo, un artículo de El Mundo sobre el bajísimo porcentaje de niños que hay en nuestro país). Como siempre, destacan los culpables-soluciones habituales: guarderías, falta de ayudas públicas, permisos de paternidad, necesidad de más inmigrantes, ventajas fiscales para familias numerosas…

Y como siempre, es una milonga, una colección de mentiras piadosas que nos contamos a nosotros mismos. He escrito esta columna como diez veces en los últimos años, pero insisto porque me parece el gran tema: no tenemos niños porque no queremos, no nos gustan, preferimos hacer otras cosas, creemos que las alternativas son mejores. La natalidad ha bajado porque los jóvenes españoles (ellos y ellas) creen que tener hijos es un «sacrificio», que implica «renuncias» y que «es muy costoso». ¿Querrían tenerlos en un mundo ideal? Algunos sí, en el caso de que todos los astros se alineasen: tengo el trabajo perfecto, justo ahora puedo pedirme el permiso, vivo en el piso de mis sueños, he encontrado al chico/chica de mi vida… Pero incluso estos (los que en teoría sí) al final encontrarían una excusa. Por cierto, no señalo con el dedo a nadie: en realidad, me pongo el primero de la fila, porque yo estaba así hasta que casi me obligaron; no quería tener niños y lo retrasé todo lo que pude (ahora creo que ese retraso fue un error, pero ya no tiene remedio).

En realidad, el mensaje político y el no político es que no los tengamos. Esto ya viene de hace décadas, aunque ahora lo han modernizado y tiran del comodín climático. Que es la excusa perfecta: dejamos de tener niños no porque seamos egoístas, caprichosos y hedonistas, sino porque queremos cuidar el planeta. Piense en una serie de televisión o película de los últimos 20-30 años protagonizada por una familia de padres jóvenes, que son felices superando las dificultades que les van saliendo al paso; sin tiempo de ir a clase de zumba y sin dinero para pasar las vacaciones de verano en Vietnam, pero felices precisamente por esos niños que decidieron tener cuando eran jóvenes. No la encontrará. Ahí está la clave. El héroe que nos mostraba el cine de los años 40 era ese George Bailey de ¡Qué bello es vivir! que renunciaba a todo para vivir en una casa llena de remiendos; el héroe de 2020 vive con unos amigos y va enlazando relaciones mientras piensa que quizás un día, si aparece la media naranja perfecta, quizás se plantee tener uno (con 35 mínimo, que antes es muy pronto).

Leía hace unos meses a Pedro Herrero (el mejor faminazi de España) que decía: «Cada vez que alguien me expresa que qué duro es cuidar tres críos siempre pienso: amigo, lo verdaderamente duro sería no tenerlos». La natalidad sólo mejorará si muchos jóvenes comienzan a ver así la familia: como un compromiso a largo plazo, una manera de dar sentido a la vida, una forma mucho mejor que sus alternativas para pasar la juventud. Subo la apuesta y pienso en el formato más políticamente incorrecto: esto cambiará el día que un chico o chica de 25 años piense que su vida es más plena criando a su hijo que metido 12 horas al día en un cubículo en una big four. Lo que quiero decir es que el objetivo no es que vean la paternidad como algo más o menos deseable en el futuro, pero que siempre puede esperar o que no merece la pena porque los costes son excesivos; sino como algo que es su prioridad número uno (ya no me meto en más jardines, pero tampoco estaría mal que piensen que 2 mejor que 1 y 3 mejor que 2).

Llegados a este punto, despejemos las dudas: hablábamos antes de los costes. Y sí, ser padre tiene costes. Desde esos días que tirarías al niño por la ventana a las facturas que te ahorrarías sin ellos. Pero, incluso así… lo duro sería no tenerlos.

Por último, vuelvo a la economía, que se supone que Libre Mercado va de eso. ¿Mejorarían las cifras con más ayudas públicas, más servicios como guarderías, un mercado laboral menos disfuncional y ayudas tributarias a la húngara? Sí. Pero si todo lo demás no cambia (la respuesta a qué es más duro, si tenerlos o no), la mejora de la estadística de natalidad será marginal. Esto no quiere decir que no haya que aprobar algunas de esas medidas. Las hay que son de justicia básica: en un Estado socialdemócrata como el que tenemos, es una vergüenza que no haya un mejor tratamiento fiscal a aquellos que más hacen por sostener ese Estado (las familias). En Hungría uno de los dos padres queda exento de IRPF a partir del tercer hijo y me parece una medida más que razonable. Pero lo que no hago es engañarme. Si queremos que haya de verdad más niños en España (no pasar de una tasa de hijos por mujer del 1,3 al 1,5… sino un cambio sustancial), hagamos que los jóvenes crean que es algo deseable en sí mismo, no algo que te tienen que subvencionar para convencerte de dar el paso. Parece sencillo, pero al mismo tiempo creo que es casi imposible que lo consigamos.

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