La pendiente y lo pendiente

Artículo original de: El Debate

Por ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ

Estar a favor de la vida (contra el aborto) es una dos o tres cosas que más me importan de la política. Si saliese elegido senador, acudiría siempre a las Cortes con una corbata negra en recuerdo de las víctimas que han producido las leyes aprobadas en esas cámaras. El ideal sería que hubiese cero abortos desde ya, incluso sin ninguna ley que lo exigiese, aunque habrá que desandar paso a paso la misma vía dolorosa que han recorrido los partidarios del aborto. No sólo han aprobado la ley tras ley, ganando cada una más terreno sobre la vida del nasciturus, sino que también se ha hecho una profunda pedagogía social, convenciendo a la gente de que no hay una colisión de derechos entre la vida del feto y la elección de la madre. Ahora el nasciturus no tiene ningún derecho, salvo que la madre desee concedérselo mediante el deseo de tenerlo, en cuyo caso pasa de inmediato de embrión o de feto a bebé y a niño, como si el subjetivismo pudiese cambiar la realidad.

¿Qué puede hacer frente a esta situación un partidario de la vida? Primero, declarar su compromiso. «Aprobaremos una legislación sanitaria respetuosa con el derecho a la vida y a la integridad física y moral. Esto incluirá […] la derogación de las leyes de la eutanasia y del aborto», afirma el programa de Vox en su punto 113. La segunda ley de la política de Robert Conquest («Toda organización que no diga explícitamente que es de derechas acaba inexorablemente siendo de izquierdas») se aplica incluso más con el aborto. Toda organización que no diga oportuna e inoportunamente que está contra el derecho al aborto acaba inexorablemente amparándolo con sus líneas rojas.

Luego urge invertir el sentido de la corriente inclinada. Hemos pasado en cincuenta años de decir que el aborto era un crimen, pero que había atenuantes, a las eximentes, a la despenalización (todavía un crimen), a la descriminalización, a los plazos para limitar un derecho (todavía a la vida) hasta convertirlo en un derecho (a abortar). Fíjense ustedes que si uno dice ahora exactamente lo mismo que decían las más audaces y combativas abortistas arrostra el peligro de acabar en la cárcel.

Del indudable éxito político, legislativo, social (y económico) de los partidarios del aborto… hay muchas lecciones que aprender. Sin una pedagogía en la cultura popular del amor a la vida y del regalo de la existencia y sin ayuda activa a las madres y a las familias se puede hacer muy poco. En Europa tenemos el ejemplo de Polonia, que ha pasado de 140.000 abortos al año durante el comunismo a 50 en la actualidad; o el de Hungría, que los ha reducido en un 40 %. Poder, se puede.

Esta esperanzada política posibilista tiene numerosos enemigos, sin embargo. Por supuesto, los partidarios del aborto, tan cerrados a que se ofrezcan siquiera otras alternativas a las mujeres embarazadas que parece que les va la vida en ello. A estos sólo cabe enfrentarlos. La posibilidad de que las madres oyesen voluntariamente el latido fetal en Castilla y León les sacó de sus casillas. Luego están los que, para seguir votando a partidos neo-abortistas con la conciencia más o menos tranquila, acusan a los pro-vida de no ser suficientemente prohibicionistas. Es una extraña argumentación. Por último, están los que realmente no votarían a nadie que no impusiese por decreto el aborto cero el primer día de Gobierno. Son conscientes de la importancia de cada vida y por eso les aplaudo; pero les pregunto: ¿cuántas vidas se habrían salvado estos diez años con la tímida reforma a favor de la vida que propuso gallardamente Ruiz-Gallardón y que le costó el ministerio y la carrera política? Muchas, y habría hecho lo que todavía tenemos pendiente: cambiar el sentido de la pendiente. Pero no le apoyaron ni éstos ni ésos ni aquéllos. Siempre será infinitamente más que nada lo mínimo que se haga, y ya hay que hacerlo.

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